CAPITULO 3
Microminerales, metales, metaloides.
Sus interacciones y efectos en el hueso
M. Cristina Cabrera (1,2) A. Saadoun (2,3)
(1) Laboratorio Nutrición & Ciencia de los alimentos. Fac. de Agronomía
(2) Sección Fisiología & Nutrición. Fac. de Ciencias
(3) Dept. Básico de Medicina - Unidad Asociada Fac. de Ciencias
El hueso está compuesto por 10-15% de agua, 30-35% de matriz orgánica, y 50-55% de matriz mineral. La fase orgánica es un 99% de colágeno tipo I con una pequeña cantidad de proteína no colágeno, proteoglicanos y lípidos. El 98.5% de la fase inorgánica está compuesta por iones de calcio, fosfato, carbonato, sodio y magnesio, principalmente como hidroxiapatita. La deposición de las nanopartículas de fosfato de calcio mineralizan las matrices orgánicas del hueso y del cartílago. El cartílago mineralizado contiene una alta concentración de calcio y funcionaría como una delgada junta entre el hueso y el cartílago, dos materiales de muy diferente rigidez y su función sería la de amortiguar los eventos que pudieran causar una distorsión en el hueso o en el cartílago, evitando así la rotura (Zizak y col. 2000; 2001). La alta mineralización del cartílago mineral y la propiedad de rigidez que le sería propia muestra la necesidad de una apropiada deposición de las partículas minerales para lograr la óptima función mecánica de estos tejidos (Zizak y col. 2003). El rol de estos elementos mayores ha sido bien documentado, y el deterioro óseo está casi siempre asociado a una falta dietaria de Ca, P o Mg o a una absorción intestinal mediocre de alguno de ellos. Particularmente, el Ca ha sido objeto de abundantes estudios debido al impacto que tiene una deficiencia cálcica en la salud del hueso y particularmente en el desarrollo de la osteoporosis (Heaney, 2000). El P, como integrante del hueso mineral, está asociado al calcio en el mantenimiento de la estructura ósea formando fosfato de calcio. Si bien el exceso de P se considera negativo para la mineralización del hueso, se ha reportado una codependencia entre el Ca y el P sobre el crecimiento y desarrollo del hueso en situaciones de deficiencia (Shapiro y col. 2003). El Mg, cuya deficiencia también produce desequilibrios en el hueso está asociado a la remodelación ósea (Rude y col. 1999).
Los elementos traza, objeto de nuestro interés en este trabajo, se hallan en ambas fases, orgánica y mineral, pero sus roles en el funcionamiento normal del hueso y en las patologías del hueso no han sido totalmente establecidas. Podemos distinguir tres clases de elementos trazas, por un lado los llamados minerales esenciales como el Zn, el Fe, el Cu, Sr, Ba, que estarían vinculados con mayor o menor énfasis a los cristales de apatita, al funcionamiento de enzimas como la fofatasa alcalina en los osteoblastos, a la síntesis de colágeno y sulfato de condroitina así como a la estabilidad físico-química del cristal de apatita. El Cu y el Fe son dos elementos traza nutricionales que influencian la maduración del colágeno. Una significativa parte del hueso es el colágeno, principalmente de tipo I. La lisil oxidasa es una enzima conteniendo Cu que cataliza la unión de los grupos e amino terminal de la lisina y de la hidroxiprolina entre las fibrilas de colágeno adyacente otorgándole un incremento de la resistencia mecánica a la proteína. El Fe es conocido por ser un cofactor para la prolil y lisil hidroxilasa, la cual cataliza la hidroxilación dependiente del ascorbato de ambos residuos selectos, el lisil y el prolil, siendo estos pasos esenciales y previos a la acción de la lisil oxidasa (Tudeman y col. 1977). El Zn, Fe y Cu están, además, implicados en el proceso de remodelación ósea y en el equilibrio acreción-resorción (Medeiros y col. 1997; Medeiros y col. 2002). Un ejemplo de la esencialidad del Fe es que la deficiencia induce reducción en la densidad ósea (Medeiros y col. 2002). El fémur de ratas y pollitos recibiendo dietas deficientes en Cu fue estudiado por un test biomecánico, por su resistencia a la torsión hasta la fractura. Una disminución significativa al torque máximo y a la deformación angular, así como en la dureza, estaba asociada a la carencia de Cu. No hubo cambios en la cantidad de ceniza o de material mineral del fémur, por lo que este resultado se asoció a posibles defectos en el colágeno del hueso, causado por la falta del cofactor de la lisil oxidasa, el Cu, que provocaría una menor asociación de las fibras de colágeno (Jonas y col. 1993).
Por otro lado, se ha reportado que el Sr varía en el hueso de individuos con patologías óseas y que su rol podría estar asociado con la estabilidad química y las propiedades físicas de la apatita (Yoshinaga y col. 1999).
Casi como una generalidad, la carencia dietaria en estos minerales, o provocada por interacciones con otros factores, podría alterar la composición mineral del hueso y la calidad del mismo por un efecto, por ejemplo, en la estructura mineral que une el hueso al cartílago disminuyendo las propiedades mecánicas y facilitando la fractura (Zizak y col. 2003).
Por otro lado, los metales como el Cd y el Pb, no esenciales y tóxicos, no necesariamente integran la estructura biológica y funcional de la matriz mineral ósea y, sin embargo, pueden, en pequeñísimas cantidades, afectar la salud del hueso. Su implicancia en la salud animal y humana ha sido reconocida por muchos años, sin embargo la reciente información advierte que aun mínimas exposiciones al Cd y al Pb podrían ser nocivas (Noel y col. 2004; Oomen y col. 2004 ) afectando el crecimiento y la resistencia del hueso. Por otro lado, en el caso del Pb se le ha relacionado directamente con la aparición de osteoporosis y osteomalacia, ya que se comporta como inhibidor de la mineralización del hueso (Pounds y col. 1991; Berglund y col. 2000).
La exposición al Cd es más alta para los fumadores o con la ingesta de determinados alimentos, mientras que la exposición al Pb es más alta en determinadas condiciones ambientales (actividad laboral en fábricas metalúrgicas, fundiciones) en las ciudades donde aún se utiliza el combustible con Pb o cuando hay condiciones de alojamiento precarias que facilitan el contacto de la tierra con la boca en los niños. Otra vía de alta incidencia son los alimentos (un 50% de la ingesta de Pb en humanos) siendo los vegetales, en los cuales se depositaron partículas contaminadas de Pb, ya sea de la atmósfera ó de los suelos, casi la mitad de esta contaminación (Nasreddine y Parent-Massin, 2002). El efecto de estos metales en el riñón o en el hueso y su rápida acumulación en los tejidos, principalmente en los niños, ha sido bien documentado y es motivo de alta preocupación la determinación ajustada de los niveles máximos tolerables de ingesta. Por esta causa se han realizado, y se realizan, monitoreos de los niveles contenidos en los alimentos en varios países, entre ellos la Unión Europea (Nasreddine y Parent-Massin, 2002).
Otro grupo lo conforman los metaloides aniónicos, As y Se, por ejemplo, cuya esencialidad está mejor documentada para el Se que para el As. En este último caso existen varios elementos que advierten sobre el riesgo y los efectos negativos en el hueso (Pérez-Granados y Vaquero 2002). El As parece estar relacionado a la producción de radicales libres que alteran la actividad mitocondrial y la información genética (Patrick 2003). Sin embargo, el Se se comporta como un mineral esencial y se halla involucrado en la promoción de antioxidantes por los osteoblastos como la GPx (glutation peroxidasa) que protegen al hueso de las ROS (reactive oxigen species) las cuales están relacionadas a los procesos de degradación ósea (Basu y col. 2001) y, por otro lado, el Se parece tener un efecto positivo en la recuperación del hueso trabecular en ratas con osteoporosis inducida (Turan y col. 2003).
Debido a estas características, de esenciales o no esenciales, la deficiencia o la anormal acumulación de los elementos traza podría incidir sobre la formación del hueso y contribuir a la aparición de determinadas patologías óseas (Helliwell y col. 1996), entre ellas la osteoporosis.
Minerales formadores del hueso primario
El Ca, P, Mg y Zn, son formadores de hueso primario, su flujo a través de la placenta y en la leche materna implica una considerable demanda a la economía mineral maternal. Algunas estrategias biológicas parecen darse en estas etapas, que tienen por objetivo satisfacer las demandas extra en minerales. Prentice (2003) ha revisado cómo estas estrategias pueden aplicarse al modelo humano, los mecanismos involucrados y las limitaciones impuestas por la dieta y el estatus de vitamina D.
A la luz de reciente evidencia (Wysolmerski, 2002), los cambios fisiológicos adaptativos en el metabolismo mineral durante la gestación y la lactancia en los mamíferos podrían ser independientes del aporte mineral maternal cuando la ingesta dietaria se halla dentro del rango normal. El incremento de la ingesta mineral, una elevada absorción intestinal y una disminuida excreción mineral, o movilización de las reservas de los tejidos, permitiría economizar las pérdidas de minerales de la madre al feto. Estos procesos de adaptación proveen los minerales necesarios para el crecimiento fetal y la producción de leche sin requerimientos suplementarios maternales y sin comprometer la salud ósea de la madre en el largo plazo. Este mismo modelo podría no aplicarse en aquellos individuos cuya ingesta mineral es marginal, fundamentalmente de los minerales implicados en la estructura de la apatita, o en aquellos individuos donde intervienen otros elementos que interactúan negativamente en una situación de deficiencia dietaria mineral.
El aporte de los minerales formadores de hueso está también comprometido durante la lactancia. Hay diferencias entre los individuos en relación a la composición de la leche materna. Se ha reportado que la concentración de calcio en la leche puede variar de una a cinco veces entre individuos (Prentice y col. 1999). Por otro lado, la concentración de los cuatro minerales; Ca, P, Mg y Zn, en la leche materna baja hacia los 3-6 meses de amamantamiento, resultando en una inevitable disminución de aporte mineral hacia el niño (Casey y col. 1995; Laskey y col. 1991). Moser-Veillon (1995) reportó una disminución de 1.1mg/día a 0.6 mg/día de Zn secretado en la leche hacia el sexto mes de lactación.
La importancia de estos minerales como constituyentes del hueso se visualiza claramente ya que el 98%, el 80%, el 60% y el 30% del calcio, fósforo, magnesio y cinc, respectivamente se encuentran en el hueso de un niño recién nacido. (Prentice y col. 1994; Rude y col. 1999; Illich y Kerstelter. 2000). La inadecuación de los niveles de alguno de estos minerales formadores del hueso durante los períodos clave del crecimiento óseo podría determinar la calidad futura del mismo hueso. La separación, desde el punto de vista alimentario, de los recién nacidos de su madre conlleva a la necesidad de encontrar en los alimentos sustitutos aquellos elementos minerales mayores y elementos traza que necesita el hueso para remodelarse y desarrollarse. En esta etapa de la vida la ingesta o exposición a elementos traza podría marcar biológicamente al hueso en forma positiva o negativa, según sea la característica de dichos minerales. En la figura 1 adaptada de Medeiros y col. (2002) se muestra el efecto de una dieta carente en Fe o en Ca o en Fe y Ca sobre la resistencia del hueso de ratas en crecimiento que recibieron esta alimentación a partir del destete y durante 5 semanas. Los resultados de estos autores muestran claramente el impacto de una carencia dietaria de Fe o de Ca sobre la calidad del hueso y cómo este efecto es exacerbado por una carencia conjunta de Fe y Ca.

Figura 1: Fuerza necesaria para fracturar el fémur ó la tibia de animales que recibieron una dieta carente en Ca ó en Fe ó en Ca y Fe. (adaptada de Medeiros y col, 2002)
Dinámica de los minerales en el hueso
Durante la vida hay un proceso continuo de remodelación ósea (turnover), llevado a cabo en las unidades de hueso metabólico e involucra una secuencia de resorción y formación de hueso. Durante una parte de la vida hay un equilibrio positivo y se gana masa esquelética, luego se estabiliza y hacia los últimos años de la vida la masa total ósea comienza a disminuir lentamente. Varias causas, entre ellas la deficiencia de estrógenos en la mujer y/o una dieta carente en calcio pueden acelerar la pérdida de masa ósea.
Los distintos minerales que están integrados al hueso se mueven a ritmos diferentes entre sí y el turnover de algunos elementos es extremadamente bajo. De acuerdo a estudios anteriores llevados a cabo con radioisótopos de elementos alcalino-térreos como el 47 Ca, la media vida biológica sería de 1100 días en el hueso esponjoso (Newton y col. 1977) y de 8000 días en el hueso compacto para el calcio (Vaughan, 1981). Estos valores son similares para el Sr y el Ba (Newton y col. 1977). Sin embargo, la media vida del Pb es estimada mucho más larga, 22600 días según Batschelet y col. (1979. Los metales o metaloides con potencial de riesgo para la salud (Pb, Cd, As) pueden tomar el lugar de los minerales esenciales como el Ca o el Fe, comportándose a nivel del tejido donde se acumulan como un marcador biológico y dejando una huella como resultado de una exposición/ingesta previa del elemento. La huella puede presentarse como una alteración de la matriz, una menor densidad ósea o una menor integridad estructural del esqueleto. Otros efectos a nivel renal, por ejemplo, estarían afectando la mineralización ósea por alteración del metabolismo de la vitamina D o por un aumento de la excreción urinaria de Ca y P04.
Yoshinaga y col. (1995) realizaron un estudio exploratorio de muestras resultantes de autopsias en individuos de 61-96 años y asociaron el nivel de elementos traza esenciales y no esenciales como el Pb, Zn, Sr y Ba con desórdenes degenerativos afectando al hueso, entre otros tejidos. Una relación positiva fue clara entre el nivel de Sr y la estabilidad química y/o física de la apatita. Helliwell y col. (1995) pudieron establecer una menor mineralización en el hueso adyacente a la articulación en la osteoartrosis y que había una significativamente menor concentración de Zn. Trabajos más recientes corroboran que una baja ingesta de minerales esenciales (Fe, Zn, Cu) por largo tiempo, y la exposición/ingesta durante largo tiempo, aun a bajas dosis, a algunos elementos traza no esenciales (Pb, Cd, As), que se integran rápidamente a la estructura mineral del hueso, podrían estar asociados con la ocurrencia de desórdenes en el metabolismo óseo, resistencia, densidad ósea, fragilidad, y que podrían ser causa de la disminuida calidad ósea que tendrían estos individuos (Bergland y col. 2000; Noel y col. 2004). Un estudio llevado a cabo con mujeres suecas de 50-55 años, que presentaban una mayor resorción o sea asociada a la menopausia y en hombres mayores a los 75 años, permitió constatar un mayor nivel de Pb en sangre, lo que parecería estar asociado a la liberación de Pb a partir del pool del metal almacenado en el esqueleto (Silvergeld y col. 1988; Berglund y col. 2000).
La utilización de técnicas analíticas, como ICP-MS (Inductively coupled mass spectrometry), permite detectar muy bajas concentraciones de minerales traza y metales en muy pequeñas muestras obtenidas a partir de intervenciones realizadas a pacientes con fracturas o con osteoartrosis y ha posibilitado relacionar si los cambios en los elementos mayores o menores del esqueleto pueden aumentar el riesgo de fractura ósea o de osteoartrosis.
Interacciones mineral-metal-hueso
La interdependencia entre los minerales mayores, Ca y P, ha sido objeto de una revisión reciente (Heaney, 2004) en la cual se advierte que debe realizarse una necesaria adecuación nutricional de la ingesta de P en individuos que reciben una alta suplementación de calcio a través de sales de carbonato o citrato, que se unen fácilmente al P volviéndolo indisponible al organismo. La adecuación de la ingesta de P biodisponible, en casos de suplementación cálcica, es motivo de reciente atención ya que se ha constatado, por ejemplo, que un 15% de la población de USA ingiere sólo un 70% de los nutrientes requeridos, inclusive el P, como resultado de una dieta más purificada y liviana en mujeres mayores, que ya han pasado la menopausia y que se imponen restricciones alimentarias voluntarias (Heaney, 2004). La deficiencia en micronutrientes, particularmente los oligoelementos, tiene alta incidencia en la morbilidad y mortalidad en niños menores de 5 años, y que aun en los países muy desarrollados se constata que para algunos minerales podría haber hasta un 10 o 20% de la población, especialmente niños, que no ingieren la cantidad recomendada de éstos (Black, 2003).
El plomo (Pb), un metal “buscador de hueso”, se acumula en la matriz mineral ósea (vida media próx. a 27 años) el cual contiene más del 90% de la cantidad total que se acumula en el organismo (WHO, 1995). Cuando el turnover es alto (gestación, lactancia, menopausia) la reserva de Pb ósea se moviliza y contribuye al aumento del plomo en sangre (Gulson y col. 1998) siendo mayor durante la lactancia y después de la menopausia. El plomo es un factor de riesgo potencial para el hueso a causa del rol central del esqueleto en la toxicocinética del Pb y de la mayor sensibilidad del esqueleto en crecimiento al mismo (Berglund y col. 2000). Se asoció la incidencia de osteoporosis a la acumulación de Pb en el hueso (Silbergeld y col. 1988), y en estudios in vivo e in vitro se ha demostrado que el Pb puede afectar la función de los osteocitos y de los osteoblastos, ya sea directa o indirectamente (Pounds y col. 1991 ).
El cadmio (Cd) se acumula en los riñones (vida media próx. a 30 años) y a concentraciones críticas tiene lugar una disfunción tubular proximal, caracterizada por proteinuria de bajo peso molecular y una incrementada excreción de calcio (Jarup y col. 1998) sugiriendo una alteración en el metabolismo del calcio. Una reducida densidad ósea fue correlacionada con Cd urinario en mujeres posmenopáusicas (Staessen y col. 1999). Aun a bajas exposiciones el Cd podría provocar desmineralización esquelética, incrementada fragilidad ósea y elevado riesgo de fracturas. Estudios experimentales in vitro e in vivo sugieren efectos directos del Cd sobre la función de osteoclastos y osteoblastos (Wilson y col. 1996) y efectos directos sobre el hueso en ratas (Pounds y col. 1991; Noel y col. 2004)). En la figura 2 se puede observar la relación entre el efecto del Cd en el riñon y su repercusión en el metabolismo del calcio y del hueso.

Figura 2: Efectos de la ingesta de Cadmio sobre el riñón y su repercusión en el hueso (adaptada de Berglund y col, 2000).
Estudios recientes de Noel y col. 2004, han demostrado que la exposición subcrónica al Cd altera el metabolismo de los minerales esenciales en el hígado, causando una disminución del Fe y del Se y un aumento del Mn y Zn hepáticos. La deficiencia dietaria de uno de los minerales clave, el Fe, provocaría una mayor incidencia de la ingesta de metales como el Cd y una menor capacidad de detoxificación de los mismos por la acción de los mecanismos enzimáticos dependientes del Fe o el Se.
Estos minerales esenciales contribuyen a la maduración del colágeno y sirven como cofactor para la prolil y lysil- hidroxilasa, la cual cataliza la hidroxilación dependiente del ascorbato. La restricción dietaria de Ca sumada a una deficiencia de Fe resulta en un efecto aditivo en la disminución de la densidad mineral del fémur y la resistencia ósea (Medeiros y col. 2002).
Interacciones y especiación de minerales a nivel intestinal
La absorción intestinal de los minerales esenciales y de aquellos que pueden resultar tóxicos depende de varios factores, la forma química en la cual están, de la transformación en otras formas químicas, algunas de ellas más fácilmente disponibles para la absorción, de las interacciones a nivel intestinal y de la eficiencia de absorción (Cabrera y col. 2003).
La variación en la especiación química de varios elementos traza dietarios puede resultar en la provisión de diferentes cantidades de estos micronutrientes en el organismo y puede inducir interacciones con el metabolismo de estos elementos. Las especies químicas de Zn, Fe, Cu y Mn pueden interactuar con otros componentes de la dieta aun antes de llegar al sitio de absorción, por ejemplo formando complejos de baja solubilidad con algunas fibras como las ligninas, otros compuestos como el ácido fítico y los taninos. Este hecho puede modificar considerablemente lo que se absorbe a través de la mucosa epitelial intestinal. Algunos de ellos no tiene un mecanismo de control homeostático que regule la absorción, por ejemplo el Se y el Pb pueden acumularse en tejidos, permaneciendo muchos años en algunos casos (Windisch, 2002). Oomen y col. (2003) han puesto en evidencia, en un sistema de cultivo celular, que el Pb se transporta rápidamente y en forma dependiente de la cantidad presente originalmente en el medio y que otras especies además del ión metal libre se ha incorporado por flujo hacia las células.
Principalmente es el estatus nutricional marginal que potencia la acción de los metales provocando, entre otros efectos, una mayor eficiencia en la absorción. En humanos con bajo estatus de Fe (Akesson y col. 2002) y en ratas con bajo ingesta de Ca (Kello y col. 1979) la absorción de Cd está aumentada. Reeves y Chaney (2001,2002) determinaron un aumento de 7 a 10 veces de la velocidad de absorción y retención corporal de Cd dietario cuando animales experimentales fueron alimentados con dietas conteniendo concentraciones marginales de Zn, Fe y/o Ca. En la figura 3 se representan los resultados de este trabajo, en el cual puede apreciarse claramente la diferencia de incorporación de Cd en el hígado y en el riñón, fundamentalmente, en una situación de adecuado o insuficiente aporte de Zn, Fe y Ca .

Figura 3: Efecto del estatus mineral sobre la acumulación de Cd en el riñón y en el hígado de ratas alimentadas con una dieta insuficiente (A) ó adecuada (B) en Zn, Fe y Ca durante 40 días. Al inicio las ratas recibieron una dosis de 3 µCi de 109 Cd con 1 gramo de cada una de las dietas.
El mecanismo de acción podría estar relacionado con un mayor tiempo de retención del Cd en el intestino o a que, en una situación de baja ingesta de Fe, la proteína transportadora del Zn y del Fe, el DMT1 (Divalent metal transporter 1) serviría, en el entericito, de transportador molecular para el Cd y también para el Pb (Park y col. 2002; Bannon y col. 2003; Bressler y col. 2004). La referencia al nivel marginal de los minerales esenciales, estaría relacionada a niveles por debajo de los requerimientos, pero no lo suficientemente bajos como para provocar deficiencias severas tales como pérdida de peso. Estas situaciones son más frecuentes en aquellos individuos cuya dieta es simple y basada en alimentos pobres en proteínas (pastas, arroz). Estas situaciones de subcarencia potencian el riesgo de toxicidad de niveles bajos de Cd, como el que puede encontrarse cuando se ingieren alimentos naturalmente ricos en Cd (0.25-0.45 mk/kg). También se ha sugerido que dietas ricas en hierro pueden actuar como una protección contra la toxicidad de los metales pesados como el Cd y el Pb (Sullivan y col. 1987) y que dietas ricas en Zn podrían aumentar la tolerancia al As (Kreppel y col. 1994). Otros estudios han mostrado que la ingesta de dietas ricas en fibra provoca una disminución de la absorción intestinal de Cd (Berglund y col. 1994).
Existen interacciones entre el As y otros metaloides, como por el ejemplo con el Se, con el cual existe un antagonismo mutuo, que se traduce en un efecto mitigador y detoxificador del As en el organismo. El Se permite una mayor metilación del As y posterior excreción (Patrick, 2003). Una baja ingesta proteica, y especialmente una ingesta baja de los aminoácidos, metionina y cistina, puede aumentar el riesgo frente a una exposición al As, a través de la inhibición del mecanismo normal de detoxificación de bajas dosis del metaloide vía las reacciones de biometilación (Chappel y col. 1994; Patrick, 2003).
En vista de los elementos expuestos aquí se puede concluir que si bien el desarrollo de la osteoporosis y otras alteraciones óseas depende mayormente del calcio, puede verse iniciada y estimulada o retardada y prevenida en función de la adecuación de los niveles dietarios de aquellos minerales esenciales, como Fe, Zn y Cu, que participan conjuntamente con el Ca en la biología del hueso. Por otro lado, es posible afirmar que existe una clara alteración de los minerales esenciales cuando interactúan con los metales y metaloides; como el Cd, el Pb, el As o el Se; cuyos niveles pueden aumentar cuando ha habido exposición o ingesta, aun a bajas dosis, y prevalece el estado de subnutrición. En todas estas situaciones es importante la cuantificación de las cantidades y formas biodisponibles de los minerales esenciales y no esenciales en las dietas y alimentos comunes. Este conocimiento permitirá prever y asegurar los niveles adecuados de ingesta de cada mineral cuando se formula una dieta y evaluar el riesgo potencial de la ingesta de alimentos conteniendo metales o metaloides, sobre todo para aquellos grupos de individuos en los cuales el esqueleto tiene mayor sensibilidad.
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